miércoles, 14 de febrero de 2018

Entre la espada y la pared... - Evangelio del 15/02/18 - Día a Día


La primera lectura de este día, del libro del Deuteronomio, nos plantea una decisión fundamental: pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición, el bien y el mal… ¡Pareciera que Dios nos pone entre la espada y la pared! Tienes dos opciones: o eliges amarme y obedecerme, ¡o mueres! No pues así por las buenas…. 
Es claro que el sentido de estas palabras no es este que acabo de decir. Aunque muchas veces nosotros lo lleguemos a creer, por ejemplo, cuando decimos: “si no te portas bien Dios te va a castigar” o también “Dios me mandó esta enfermedad, esta desgracia, porque lo desobedecí” y otros semejantes. ¿No reflejan estas frases que creemos en un Dios que si no lo amo me castigará, si no le doy lo que me exige me maldecirá? Y, si este fuese el verdadero rostro de dios, sería lógico enojarnos por su prepotencia, sería también lógico buscar cumplir sus mandamientos sólo en lo más mínimo e indispensable, es más, buscando siempre la oportunidad de no cumplirlos, sería lógico huir de él y darle lo mínimo indispensable para tener apagada su ira.

REFLEXIÓN EN AUDIO ABAJO

Antes que nada, me parece que esta frase es una gran revelación: “si eliges el camino donde Dios está, encontrarás bendición, alegría, misericordia, vida; en cambio, si eliges un camino donde no está Dios, sólo vas a encontrar un camino sin amor, y donde no hay amor, no hay vida humana, no hay alegría, no hay consuelo, todo se vuelve maldición.” No es Dios a mandarnos la maldición, es que un camino que no nos lleve a Él, necesariamente nos va a alejar de Él, y si Él es la luz, un camino sin Él será un camino sin Luz.

Dios es paternal, mas no paternalista, y por ello busca hacernos entender que, si hoy mi vida es triste y desesperada, no es porque Él me haya maldecido, porque se esté vengando de mis pecados, o porque se haya olvidado de mí, sino porque yo elegí un camino distinto al suyo, preferí otras cosas que a Él. La cuaresma nos debe ayudar mucho en esto, en descubrir con sinceridad mis elecciones, mi responsabilidad y mi pecado.

Cuando se enciende una luz, esta ilumina las tinieblas y hace relucir lo que antes no se veía; es decir, si quieres que Dios encienda su luz en tu vida, si quieres que comience a iluminar tus pasos, prepárate porque va a iluminar tus pecados, tus rincones más oscuros, tus secretos más tenebrosos… ¿y para qué? ¿para echárnoslos en cara? ¿para decirnos “te lo dije”? ¡NO! Para poder sanarnos de todo ello. Todo lo que ponemos en sus manos se baña con la Sangre de Cristo, y todo lo que la Sangre de Cristo toca se renueva, vuelve a la vida. Si tu vida tiene grandes pecados, no temas confesarlos a Dios, no busques esconderlos. Nada se oculta ante la mirada de Dios. Pero esa mirada no es aplastante, Dios no busca la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. ¿Quién te hizo creer que la mirada de Dios es aplastante y es mejor esquivarla? ¿Quién te hizo creer que hay que cuidarse de Dios? ¿Quién te convenció que Dios está envidioso de ti y busca venganza? 

Ya no escuches ni te dejes convencer por eso de que el camino del bien es aburrido y triste, y el del mal es muy divertido y alegre, no hagas burla de lo bueno y lo malo. Más bien, escucha lo que te dice Jesús hoy en el Evangelio y pídele que te ayude a comprender sus palabras y esa pregunta que nos dirige hoy a ti y a mí: ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?

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